La soja que rindió 92 quintales por hectárea

Mientras que el promedio nacional ronda poco más de 30 quintales por hectárea, los lotes de punta superan los 60 quintales. Pero el techo obtenido a nivel de campo es más alto. Ya se han medido rindes en zonas de algunos lotes o en parcelas que muestran que la oleaginosa ya pasó la barrera de los 90. Y va por más.

En la campaña reciente los ingenieros agrónomos Máximo Pizarro y Mauro Palmano, asesores que también manejan su propia producción sobre campos arrendados, sembraron un lote de 118 hectáreas en un campo de Rancagua, a unos 20 kilómetros de Pergamino. El rinde promedio fue de 59,16 quintales por hectárea. La precisión del dato es mérito del medidor de rendimiento con el que estaba equipada la cosechadora. Y fue ese mismo instrumento fue el que marcó 92,02 quintales en una zona del lote. ¿A qué se debe? «Esa porción del lote estuvo ocupada hasta hace pocos años por una tapera rodeada por antiguos corrales, mientras que el resto de la superficie lleva muchas décadas de agricultura», explicó Pizarro. Pero el técnico considera que también jugaron otros factores a favor del alto rinde que manifestó todo el lote y que por supuesto se magnificó en esa zona con alta fertilidad.

Por un lado tuvieron un buen soporte genético al usar una variedad de Nidera que viene mostrando un muy buen comportamiento: la NS 4619 IPRO STS. «Pero creo que otro factor decisivo fue la siembra temprana, el 14 de octubre, en un año que arrancamos con los perfiles cargados y luego las lluvias acompañaron durante todo el ciclo del cultivo», dijo Pizarro. «Y tuvimos la suerte de cosechar el 23 de marzo, pocos días antes del temporal de lluvias que complicó el avance de la cosecha en la mayor parte del área agrícola del país», agregó.

En el manejo del cultivo no hubo descuidos. Antes de la siembra se hicieron dos tratamientos para mantener el barbecho limpio de malezas. El primero a fines de junio y el segundo a fines de septiembre. En ambos casos las dosis fueron de 1,5 litros de glifosato, con 0,5 litro de 2,4 D, más 5 gramos de metsulfurón.

La siembra se realizó con un equipo a placas a una distancia de 35 centímetros entre hileras. «Sembramos con una densidad de 13 semillas por metro buscando llegar a la cosecha con 32 plantas por metro cuadrado», puntualizó Pizarro. Eso llevó a la utilización de aproximadamente 70 kilos de semilla por hectárea.

Las semillas fueron tratadas con Rizopack 102, que combina un inoculante líquido de alta calidad con un fungicida terápico de alto espectro de control. En la siembra se fertilizó con 70 kilos por hectárea de una mezcla recomendada para el cultivo de soja que contiene fósforo, azufre, potasio y calcio.

Con posterioridad a la emergencia el control de malezas se reforzó con una mezcla de 1,8 litros de glifosato, 250 centímetros cúbicos de imazetapir y 200 centímetros cúbicos del coadyuvante Rizospray. Y al momento del cierre del surco se aplicó 1,5 litro por hectárea de glifosato.

Por último, a principios de enero, cuando el cultivo se encontraba en R3 -comienzo de fructificación- el lote de 118 hectáreas recibió una aplicación de 300 centímetros cúbicos del fungicida Amistar, más 0,5 litro de aceite, más 300 centímetros cúbicos del insecticida Salomón para el control de chinches y 1,5 litros del fertilizante foliar YaraVita Glytrac que es altamente concentrado en calcio, nitrógeno, boro y zinc.

Al sintetizar los factores que determinaron el alto rinde, Pizarro señala como claves «la siembra temprana en una campaña que no tuvo limitantes de humedad, la distancia entre hileras de 35 centímetros, la variedad y el haber mantenido el lote libre de malezas durante todo el período del cultivo».

Fuente: La Nacion

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